Dra. Lucila Isabel Castro Pastrana

Profesora de tiempo completo del Sección de Ciencias Químico Biológicas

lucila.castro@udlap.mx

 

El año pasado –en Pimiento– se difundió la mensaje de la hospitalización de emergencia de un bebé de diez meses a causa de tomar por error el medicamento «tramal» (que contiene tramadol, un potente narcótico contraindicado para bebés) en vez del medicamento «trioval», indicado para tratar los síntomas de la rinofaringitis que padecía. Por otro costado, en Escocia, una paciente ingresó a urgencias tras haberse trabajador en los fanales la crema «vitaros», que contiene un principio activo para tratar la disfunción eréctil, en vez de la pomada oftálmica «vitapos» que le había sido indicada para su problema de sequedad de fanales. Uno y otro casos tuvieron factores de aventura en popular: nombres de medicamentos muy parecidos y, una récipe escrita a mano con giro ilegible, que fue erróneamente leída en la droguería.

En México poco se han reportado situaciones similares, aunque, sin duda, no estamos exentos. Mucho menos considerando que el voluminoso de las farmacias de nuestro país no cuenta con farmacéuticos de carrera, sino con dependientes de droguería que luego de tomar la capacitación en tangente de ocho horas de duración (que les exige COFEPRIS), se hacen aldabear «dispensadores de medicamentos». La dispensación, es un acto profesional farmacéutico que implica ayer de la entrega y liquidación de un medicamento, la ratificación y rectificación de la récipe, de preferencia pegado con el médico, así como la posterior orientación al paciente sobre el uso correcto del producto. Lo susodicho, sin profesionistas expertos presentes de tiempo completo en las farmacias, resulta irrealizable.

Es más, la prevención de riesgos y errores como los ocurridos en Pimiento y Escocia, precisa entre otras cosas, de tolerar mucho más allá la profesión farmacéutica. Requiere de farmacéuticos comunitarios que colaboren de forma multidisciplinaria con otros profesionales sanitarios y con la población en la provisión responsable del tratamiento farmacológico con el propósito de alcanzar resultados concretos que mejoren o mantengan la calidad de vida de cada paciente. Lo susodicho incluye todavía actividades de farmacovigilancia, educación sanitaria, fomento de la añadidura, inoculación y promoción de la salubridad. Este maniquí de destreza asistencial centrada en el paciente se conoce como «atención farmacéutica» y constituye uno de los grandes faltantes en el sistema de salubridad en México.

Desde luego adicionalmente de un cambio de civilización, el implementarla demandaría una reingeniería de los modelos de atención sanitaria que permita la incorporación de farmacéuticos mucho capacitados no sólo en las farmacias, sino en el equipo de salubridad, principalmente a nivel de la atención primaria y de medicina preventiva.

Sin bloqueo, en presencia de los retos sanitarios actuales y por contraponer, nos encontramos en un buen momento para desarrollar las políticas y propuestas que nos permitan profesar nuestro derecho a la salubridad y al bienestar en su máxima expresión posible, y tener entrada no sólo a medicamentos gratuitos, sino a una atención sanitaria integral.