Dr. Juan Carlos Reyes Vázquez

Profesor-investigador del Unidad de Ciencias de la Comunicación

juan.reyes@udlap.mx

 

A principios de 2019 –el 23 de enero exactamente– murió uno de los más importantes realizadores de cine positivo en la historia de la disciplina: Jonas Mekas. Un cómico en una eterna búsqueda de sentido en las cosas más cotidianas y vivenciales que ocurrían en su día a día. Un realizador que contempló casi toda su vida a través del cine y que, gracias a ello, realizó una monumental obra autobiográfica en sus más de cincuenta cintas. Mekas realizó potentes escisiones en el cine como objeto cultural, pero además en el cine gastado como una experiencia personal y vitalista. El día de su asesinato tenía sólo 97 primaveras de ocurrir gastado la luz en Lituania, y tal vez más de 40 de documentar su vida a través de una cámara.

Nacido en 1922, Mekas tiene que dejar en 1944 su país nativo, como tantos, huyendo de la querella, y es hasta 1949 que llega a los Estados Unidos, al arrabal de Williamsburg en Nueva York. Es ahí en donde se convierte con el tiempo en uno de los críticos e impulsores más relevantes del cine de vanguardia y positivo, así como un director que decide hacer de su obra un enorme aposento de saludos, un liberal, arduo y casi obseso registro de su propia vida.

A través del cine es que Mekas encuentra una posibilidad de recuperación del pasado y la viabilidad de un habitar posible del presente. Para él, el cine fue siempre una continua búsqueda y confrontación visible, siempre haciendo películas que, como un hombre sobre la cuerda floja, vive temeroso en una obligatorio frontera entre la ficción y el documental, tal vez en una ilusoria frontera entre su vida y la ingenuidad construida en cada película.  Dice el propio director en su diario: «Mis contactos con la ingenuidad son siempre tan breves, siempre a través de cables tan sutiles, que se vuelven reales de una forma intolerable, cuando llegan».

Si cualquiera me preguntara –cosa improbable– recomendaría (ahora que sabemos que no habrá más) cuatro piezas magníficas de Jonas Mekas: Reminiscences of a Joruney to Lithuania (1971-1972), Lost, Lost, Lost (1976), Autobiography of a Man Who Carried his Memory in his Eyes (2000) y As I was Movint Ahead Occasionally I Saw Brief Gimplses of Beauty (2000).

No es ninguna casualidad que su diario –no hace mucho publicado por primera vez en castellano– lleve por título Ningún división a donde ir. Mekas dedicó su vida a una búsqueda interminable no nada más de un «división» a «dónde» ir. Buscaba con igual afán respuestas a preguntas no menos relevantes. Si finalmente encontraba un división donde ir, ¿cómo ir?, ¿qué sufrir?, ¿a quién pedir que nos acompañe?, ¿para qué ir? Y tal vez, sólo tal vez, la más importante de todas: por qué no quedarse y nunca encontrar la certidumbre de un hombre popular. Aunque el mismo, nunca lo fuera. «Percibir, es lo único que puedo hacer», dijo algún día hoy perdido en la memoria.